17 marzo 2009

Una minúscula tragedia


Exageración, yo presento y expongo mi principal arma de doble filo. Yo adoro exagerar, por ejemplo cuando me rio. El poder de energizar mi cuerpo de manera gratuita -algo muy escaso es estos tiempos- con una resonante carcajada, es una de las cosas que más disfruto. Exagerar.

Pero la pregunta es: "¿Exagero también con el dolor, con los sentimientos; es decir, me dejo llevar fácilmente por la emotividad o será -y aquí tratemos de ver el lado más beneficioso para mi persona, después de todo yo estoy escribiendo- que tengo esa exaltada sensibilidad propia de los artistas?. Artista, "ja", sí claro. Creo que va más por lo primero.

Hace cinco días, me ocurrió algo tonto, estúpido, un minúsculo contratiempo que se convirtió en un gigante freno en mi vida. Era jueves, el día de la semana que más cosas tenía que hacer. Pasado el medio día fui a mi clase de ballet; actividad en la que soy sólo una entusiasta aficionada, pues mi experiencia no pasa de las actuaciones en el colegio y las rutinas de baile los miércoles por la noche en el gimnasio de mi cuadra. Antes, debía ir por la avenida que maquilla con smog para comprar mis nuevas y primeras zapatillas de ballet; diez soles me costaron. Recuerdo que le pregunté a la señorita que almorzaba mientras me atendía, si no tenía unas de mejor calidad, aunque; sinceramente buscaba unas más bonitas.

Es raro como las circunstancias más dolorosas o incómodas son las menos esperadas; y es lógico, ahora que lo pienso, nadie anda por ahí deseando accidentarse.

Caminaba desde la avenida que maquilla con smog; pasando por el jirón de las tiendas como si cruzara un campo de flores, nada me molestaba, me sentía bien , sana, fuerte, y para sumar aquella sensación: vestía ropa deportiva. Llegué más que puntual a la clase, mi carismático profesor ya se encontraba sentado con la pierna perfectamente cruzada, muy cerca del equipo de sonido. Rostros nuevos escanean mi presencia. Entro al baño y hay entre las chicas un caballero de panza ligeramente soberbia y piernas flacas, que sólo viste polo, medias, y calzoncillo; trato de no incomodarme y sobre todo de no mirar; pido permiso y me cambio lo más rápido que sea posible.

Y la clase comenzó. Antes sólo había tres hombres (de cuerpo más no de espíritu) en malla, y yo; ahora eran puras chicas y un hombre ( de cuerpo mas no de espíritu) en malla. El espacio es pequeño, pero ni eso me desaniman de disfrutar la clase. Y así nuevamente (exactamente mi segunda clase de ballet en toda mi vida) a exigir la máxima flexibilidad y armonía al cuerpo. Sólo faltan quince minutos para terminar y el profesor agrega una figura más a la secuencia que hacíamos divididos en grupos de cuatro.

La primera vez trato de seguir el ritmo a Carolina (una chata, con pies de goma que ya lleva tiempo en esta clase). La segunda vez me desconcentro, trato de relajarme y solo divertirme. Primer salto y giro (estira los pies Rubí me decía mi misma); segundo salto y giro, un pie llega al suelo más temprano que el otro, cuando todavía está estirado; un par de huesos crujen, una rodilla se dobla y un cuerpo cae .Para mi todo se detuvo, la música, las indicaciones del profesor y las murmuraciones de las chicas.

Golpeaba con mi brazo el suelo para mitigar el dolor y mientras grito, el caballero de panza soberbia y piernas flacas me auxilia y me indica que debo intentar mover los pies.

Así quedé postrada -y creo que por eso dicen que exagero- con un yeso, dice el doctor que para dos meses. Un mal paso, una fisura en el falange detiene todo mi mundo, al siguiente día tenía una reunión y después una cita. Al siguiente, un examen parcial y más tarde una prueba para realizar prácticas pre-profesionales. Dentro de una semana, un nuevo trabajo. Y además, perdí el mes pagado en el gimnasio. A, me olvidaba, y solo faltan dos días para cumplir 22 años.

Hoy me deprime ver mi pie. Aveces quisiera cortarlo, chancarlo contra la pared. Pero pienso y recapacito, demoraría más en sanar y saldría más caro. Por las noches cuando despierto con ganas de orinar y quiero ir al baño lo mas rápido que pueda, descubro la sábana y veo ese deforme caparazón color cal que cubre mi pie, retengo la orina cuando mis nuevas y odiosas compañeras me miran al pie de la cama; mis muletas.

Supongo que algo aprenderé de esta situación, pudo a ver sido peor, ¿no?; pero sino fuera porque tengo que parecer adulta yo solo lloraría como magdalena cada vez que veo mi pata rota.

Inseguridad

Tendida en el suelo, entre la vereda y una combi de la cual acabo de caerme; estoy. Entonces recojo mi cuerpo y sobre todo mi celular. Antes escuché el grito de una mujer, no fui yo; normalmente cuando me asusto se me va la voz, y no; no estoy muerta. Me duele demasiado mi gordo trasero para tener la seguridad de que aún soy parte de la línea de los vivos.

Reacciono. Y recobro el sentido. Despierto sólo cuando tengo del cuello al tísico cobrador. "Imbécil" le grito. Y ridícula me siento, cuando toda despeinada despotrico con el tísico y el conductor, que no corrió a la fuga - felizmente dice mi amiga Milagros- infelizmente digo yo, porque seguro espera si me animo a subir de todos modos.

Quince minutos después ya en mi casa, lloré y solo pensé: inseguridad. Me voy o no me voy en esta cochina combi, ya quiero llegar a mi casa; medio pasó arriba desisto y pienso, pero está lleno y el flacucho cobrador me empuja, bajo y caigo.

y la vida es solo inseguridad, llena de decisiones, de hacer o no hacer o el simple ¿ qué hacer?. Tengo miedo de caerme en la vida, de estar eligiendo mal mi camino. Tengo miedo de estar tomando la combi equivocada.

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