14 septiembre 2016

Mi delicioso tamal con amor

Toda mujer embarazada que lea este artículo entenderá el nivel de deseo y ansiedad que se siente al querer satisfacer un sabor evocado en nuestra mente, cuando se nos presenta los famosos antojos.

Algunos hombres aseguran que lo complicado a veces no es lo que pedimos, sino a la hora que lo hacemos. Pero yo creo que lo verdaderamente difícil es entender de dónde proviene el antojo.

Uno de los primeros antojos que tuve fue, el de tamal. Con apenas tres meses de embarazo una noche de sábado me encontraba en el trabajo, en Jesús María, en un canal de televisión de la avenida San Felipe, deseando terminar pronto para salir a buscar cual zombi un buen tamal de chancho, bien calientito y preparado con mucho cariño.

No era cualquier tamal, mi conjurado tamal provino del recuerdo de unos peculiares minitamales que hacen en el mercado de Belén, Iquitos, a unos 1013 km de Lima. Normalmente se venden los domingos por la mañana.

Podía imaginar al menudo niño de polo con mangas cortadas, ofrecer sus tamales en el mercado de piso de cemento mojado por una lluvia mañanera de domingo, como sus sandalias chapotean a medida que avanza entre los puestos. Escucho como su voz se mezcla con el tintineo de los destapadores que chocan con las botellas de malta en los puestos de desayuno al paso, mientras las dueñas de estos puestos invitan a los compradores a probar jugo surtido, pan con huevo, pan con pollo o pan con jamonada. Ancianas que venden yuca, plátano o pescado sobre plástico tendido en el suelo. Un hombre ofrece caldo de gallina al paso mientras bate con un cucharón la olla gigante de caldo humeante. Y en medio de toda esta bulla de mercado se mezcla la voz del niño que ofrece tamales calientitos. Éstos que el niño lleva en una fuente de metal y sostiene con gran soltura en su hombro derecho amortigüado con un pedazo de trapo que sirve de mantel. Vienen acompañados de una salsa que concentra, cebolla picada, ají charapita y culantro en un único sabor. Ése tamal cuesta un sol.
Pero, no estoy en Iquitos, es sábado no domingo y ya es las 7pm de la noche y claro aquí no llueve como en Iquitos. Ya habían pasado un par de horas desde que se me antojo el bendito tamal.
Decidí reconocer que sí tenia mi primer antojo. Le escribí a mi novio que como siempre muy tranquilo y sereno no le importaba que él ya estuviera en casa, surco, descansando, aprovechando que había salido temprano del trabajo; el mismo centro de labores donde yo me encontraba y que sólo media hora  antes había logrado escapar del estresante congestionamiento vehicular,  me dijo: "está bien compraremos tamal cuando salgas".
Y yo le dije: "no, debe ser para ahora, es urgente, ya van más de tres horas comiendo otras cosas y lo único que mi cuerpo me pide es un tamal". Mi novio algo aturdido y confundido por mi desesperación me dijo: "Está bien, buscaré tu tamal y te lo llevaré a tu trabajo".
Luego de eso nuestra conversación por whatsapp era un pimponeo entre fotos de los distintos tamales que encontraba en el trayecto de Surco a Jesús María, en los supermercados, las panaderías, las bodegas y cafés y mis respuestas negativas que descartaban cada opción.

Hasta que por fin una de esas fotos era lo más parecido al tamal que me había imaginado. A menos de 1h después de mi desesperado pedido, con un tamal en mano, despeinado, cansado y agitado por el tráfico de sábado por la noche, lo vi cruzar la calle cuando salí a la puerta de mi trabajo. Llegó a mí y en medio de una fila de gente que hacía cola para ser el público de un conocido programa de canto, estaba mi novio, mi José. Él, me abrazó, me dio un beso y me entregó mi tamal como si fuera un precioso ramo de rosas. Me dijo que me amaba, que coma tranquila y que me esperaría para irnos juntos a casa. Fue el tamal más rico que comí en mi vida.

Emocionada y satisfecha, 15 minutos después le envié una foto del plato casi limpio con vestigios de un tamal devorado por una mujer embarazada. Ese día lo amé más. Y supe que él también me amaba gracias al poder de un tamal.


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